Inés I. Abril Stoffels

Trabajadora Social, experta en Violencia de Género

Hace unos meses tuve la oportunidad de acompañar a un juicio a una mujer que había sufrido una terrible agresión sexual por parte de su jefe. Quizá acabas de pensar que seguramente fue un hombre excluido, un “enfermo mental”; pero no, es un hombre de apariencia “inocente/inofensiva”, con un considerable éxito profesional y lo que podríamos denominar un aspecto de “buen padre de familia”. Un empresario del gremio de la hostelería que regenta con “ley y orden” sus establecimientos para clase media/alta en la ciudad de Madrid. No hay un único perfil de agresor, los hay de todas las clases sociales, nacionalidades.

La tarde de antes, su abogada nos explicó lo que suele pasar en un juicio de estas características. La mujer escuchaba, temerosa, cómo es habitual que el abogado de la defensa busque incoherencias entre la declaración de ese día y la que prestó en el momento de la denuncia (hacía más de dos años), cómo es posible que tuviésemos que esperar en la misma sala que el agresor, cómo aun solicitándolo, no podía garantizar que hubiera un diván que la permitiese declarar sin tener que verle. También le explicó que estos juicios no se suelen ganar y que justo lo que menos deseaba contar y recordar era lo que el juez necesitaba poder escuchar de su voz. (Muchos de estos acontecimientos se deben a que las agresiones sexuales no entran dentro del ámbito de actuación – protección de la ley orgánica 1/2004 de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género).

Al terminar esta explicación, la abogada le recordó con cariño y serenidad el largo camino que ya había recorrido para recuperar la paz y la serenidad que había perdido esa noche; lo valiente que había sido al poner la denuncia (el 73% de las agresiones sexuales no son denunciadas) y lo mucho que había trabajado con el equipo de profesionales del recurso público que la atiende (tiene la suerte de residir en una de las 9 comunidades autónomas que sí cuenta con recursos públicos y específicos para atender a mujeres víctimas de agresiones sexuales, aunque todavía no exista en España un plan rector que universalice y garantice una atención adecuada).

Ella después de este agradable momento de reconocimiento e intimidad balbuceó que necesitaba que esto acabara ¡ya!, necesitaba contarle al juez, a la justicia, lo que había sucedido esa noche. Necesitaba contarle que cuando él decidió que “quería echar un polvo”, sus negativas, gritos de socorro, intentos de huida no fueron para él más que un juego erótico “propio de mujeres como ella”. Necesitaba explicarle a la justicia que no había podido volver a trabajar con normalidad, que seguía sin poder dormir en la misma cama que su marido, no soportaba que la tocase, que tomaba fármacos para poder levantarse, para acostarse y para dejar de tener miedo al escuchar el más mínimo ruido. Quería contarle que “le había cambiado el carácter” y que sus familiares y amigos, al no saber nada, no la entendían y estaba cada vez más sola. La abogada la dejó hablar, intuía que nada de eso iba a salir en el juicio y cuando hubo acabado, un largo silencio fue nuestra única respuesta.

La abogada me explicó más tarde que lamentablemente iban a pesar más las declaraciones de los testigos, el que no hubo “acceso carnal” y la habilidad de la abogada defensora para “desconcertarla” durante el juicio, que las secuelas, la herida que le había producido esta brutal agresión. Y esto es exactamente lo que pasó. Varios compañeros suyos testificaron en un juicio en el que detalles aparentemente irrelevantes, para mi, fueron en realidad “las pruebas de delito”.
Él ha sido condenado. No va a entrar en prisión. Tenemos que seguir preguntándonos porque en España tenemos una ley contra la violencia de género, un plan nacional contra la trata de mujeres y niñas con fines de explotación sexual, un plan nacional contra la mutilación genital femenina pero no tenemos un plan nacional contra la violencia sexual.

Hay tres violaciones cada día en España. En Europa, 1 de cada 20 mujeres ha sido violada, el 11% de las mujeres europeas ha sufrido alguna agresión sexual alguna vez en su vida desde que tenía 15 años, se estima que el 80% de las agresiones nunca son denunciadas. En España 1 de cada 4 mujeres que sufrieron una agresión sexual, nunca contactaron con la policía ni con ningún otro servicio debido a la vergüenza. Únicamente en el 23% de los casos, el agresor es un desconocido.

Necesitamos cambios legislativos a nivel penal y una ley integral que articule los mecanismos educativos, asistenciales y de regulación de la publicidad que permitan atender, prevenir, perseguir y castigar este tipo de agresiones que sufrimos las mujeres por el hecho mismo de serlo. Necesitamos un cambio de mentalidad, necesitamos construir un mundo en donde el NO de una mujer sea un NO.


Imagen: Pintura de Olga Belmonte García inspirada en la fotografía de Mary F. Calvert de la serie “La lucha Interior”. World Press Photo 2016.