En mi anterior entrada en este blog, compartí con vosotros algunas reflexiones acerca de las motivaciones del activista, de si el activismo puede decirnos algo de la persona que lo practica. En esta ocasión, me gustaría centrarme en un caso concreto: el de D. Ignacio María Doñoro. Que muestra cómo salvar a un niño cuesta 25€.

Doñoro tiene 51 años, es de Bilbao y vive en Perú. Normalmente no le llaman don Ignacio: le llaman padre Ignacio, porque es sacerdote. Fue capellán castrense de la Guardia Civil (lo sigue siendo, en excedencia) y sirvió en Inchaurrondo, en una época en la que no era fácil ser guardia civil en el País Vasco. Más tarde, marchó a El Salvador.

Don Ignacio, el padre Doñoro, compró una vez un niño. Era un niño enfermo al que sus padres iban a vender a traficantes de órganos. Así que este capellán castrense en excedencia se hizo pasar por traficante, y acompañado de una monja enferma terminal de cáncer, se jugó la vida para comprar la vida de ese niño por 25 dólares.

El padre Doñoro, don Ignacio, no ha dejado de ayudar a niños desde entonces. Hoy regenta el Hogar Nazaret en la Amazonia Peruana, donde cuida de 450 críos, y hace cuanto puede porque tengan una infancia.

¿Es Ignacio Doñoro un activista? Volvamos otra vez a la definición de activismo: “Dedicación intensa a una determinada línea de acción en la vida pública.” No podemos dudar de la intensidad con la que Don Ignacio se dedica a una determinada línea de acción. Y ha saltado a la vida pública, porque tiene 450 niños que dependen de él, y sabe que para recibir ayuda necesita ser conocido.

Parece que el Padre Doñoro encaja en la definición de activista. Y si lo sacáramos de contexto, podríamos decir que cometió en su día un acto terrible: ¡compró a un ser humano! Pero al comprarlo salvó su vida, le devolvió la libertad, le devolvió la infancia. Cuando preguntan a Don Ignacio por su motivación, responde frases como «Qué bueno es Dios que me da esta oportunidad». En mi condición de ateo, no puedo compartir su visión de la vida. También sé que la fe sirve de excusa a muchos actos atroces, a los que asistimos hoy día como espectadores impotentes. Pero para nuestro protagonista, la fe parece ser una fuente de energía inagotable, que le da un valor sorprendente y una gran tenacidad para ayudar a los demás.

Desde mi punto de vista, la valoración moral del activismo de Don Ignacio no admite discusión, y dudo que nadie pudiera ponerle ningún pero. Sin embargo, sí podríamos preguntarnos: ¿es efectivo este tipo de activismo? Salva una vida pero no puede impedir que se pierdan otras muchas, protege 450 niños mientras otros miles son vendidos, esclavizados, usados como soldados, sacrificados. ¿Sería más efectivo como político, como revolucionario? ¿Lanzando piedras contra la policía del Perú? ¿Sería más efectivo si empuñara un arma?

Podemos responder a estas preguntas de forma muy distinta, pero algo es seguro: aquel niño salvó su vida, hubiera muerto de una forma terrible de no ser por la acción directa de este activista. Y estos 450 niños tal vez no conservarían su infancia.

No podemos estar seguros de cuan efectivo será Ignacio Doñoro en lograr sus fines, pero tenemos la certeza de que sus medios no sólo son impecables, sino que son un bien en sí mismos. De hecho, cuantos más activistas como él, mejor.