Acortando distancias: de la reflexión encarnada II

Abrazo por Jia Lu https://goo.gl/AXv2Wc

¿Cómo hacemos para no darle la espalda al mundo y relacionarnos con el prójimo a partir de una reflexión encarnada? ¿Cómo hacemos para relacionarnos con nosotros mismos con una reflexión que siente? ¿Cómo superar la distancia que tenemos con el mundo y con nosotros mismos? ¿Cómo apropiarnos de nuestra existencia con un cuerpo que la siente? Éstas fueron las preguntas con las cuales concluimos nuestro artículo anterior, a propósito de la posibilidad de construir una reflexión encarnada.

La reflexión encarnada que ofrecimos en nuestra entrega precedente supone que nuestro pensamiento lo hagamos cuerpo y lo acompañemos y nutramos con nuestras emociones y afectos solidarios constructores de Humanidad, que estemos convencidos y que sintamos y nos conduzcamos en ellos y a partir de ellos, de modo tal que, superemos la escisión entre el cuerpo con sus emociones y sentires por un lado y la razón con sus argumentos lógicos lineales por el otro.

¿De qué se nutre la reflexión encarnada?

Así que en la reflexión encarnada debemos cuidarnos y nutrirnos con emociones sanas que nos alimenten y nos hagan crecer en humanidad, resguardarnos al edificar proyectos de vida con anhelos sanos porque nuestras aspiraciones promueven el cultivo y crecimiento de todas las virtudes y bondades que nos enaltecen como seres humanos y, finalmente, protegernos al erigir y seguir argumentos que construyan pensamientos sanos porque su fin último en el empleo de la razón es siempre velar por las condiciones humanas y humanizantes.

A fin de cuentas, las emociones y afectos sanos, los anhelos sanos y los pensamientos sanos son aquellos que construyen,  reparan y se proyectan hacia un futuro mejor, son aquellos que curan las heridas existenciales y defienden siempre la construcción de Humanidad, de bondad, de espacios de tolerancia y de respeto en libertad cónsonos con los Derechos Humanos que nos dignifican y engrandecen como personas.

Se busca, así, con la reflexión encarnada que les estoy proponiendo, que vibremos auténticamente como toda una unidad– abierta al mundo y siempre en reconstrucción- al pensar, sentir y actuar con continuidad y coherencia en nosotros mismos y luchar, de este modo, con nuestros ideales y convicciones encarnadas por el levantamiento de un mundo cada vez más humano.

Abrazos de Enrique Builelo Ndjoli
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Un estilo de ser

Se trata de otorgarnos con generosidad un estilo de ser, de un yo más cercano a nosotros mismos y a los otros porque no negamos nuestro cuerpo con su pathos que también nos constituye, de forma tal que, alcancemos a tener una comprensión más próxima y solidaria con el otro que nos permita la posibilidad de construir un mundo solidario de cercanías porque nos nutrimos constantemente para ello. Esto es así porque podemos dejar atrás la indiferencia de los muros que levantamos cuando le damos la espalda al mundo porque no lo sentimos como nuestro mundo ya que nos hemos alejado de él,  de los otros y, con esto, de nosotros mismos.

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Resistencias a la reflexión encarnada: relación sujeto vs. objeto

Reflexionando en esta dirección, es más fácil darle la espalda al mundo si construimos nuestra relación con los otros a partir de un sujeto que toma distancia del mundo y de los otros, convirtiéndolos a éstos en objetos que están para ser aprehendidos, conocidos, juzgados y reducidos como si efectivamente fueran tales. Se establece, así, una aproximación cosificante de sujeto-activo vs. objeto-pasivo con el prójimo que busca caracterizar desde la distancia al otro, sin implicaciones  y, gracias a dicha lejanía, simplificamos su contexto con exactitud matemática, emitiendo juicios en torno a su situación con certezas inapelables propias de la cuantificación y medición de los objetos propiamente dichos.

Te abrazo, me abrazas de Gloria Mariño
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Distancia entre sujeto y objeto: Problema del otro

Hacemos esto cuando el dolor del prójimo no lo tomamos en cuenta y, por ende, no nos implicamos con urgencia ni nos empeñamos en resolver su situación de minusvalía porque además de ignorar su dolor, ignoramos su voz puesto que solamente tomamos en cuenta los juicios que en soledad hacemos nosotros-sujetos de la situación del otro-objeto.

Esa distancia de sujeto absoluto poseedor de la verdad y de objeto mudo incapaz, por definición, de expresarse facilita la proliferación entre nosotros de relaciones injustas, arbitrarias, autoritarias, dictatoriales, intolerantes y discriminatorias, en fin, de relaciones de poder opresoras deshumanizantes del prójimo porque el nexo establecido entre nosotros no es de reciprocidad ni de reconocimiento igualitario sino, más bien, lo que tenemos es un sujeto en condiciones de superioridad que coacciona, impone y constriñe a un otro que es tratado como un objeto en clara situación de vulnerabilidad y continuamente amenazado en su humanidad.

Esto es así porque cuando juzgamos, delimitamos en la distancia o calificamos y objetivamos con exactitud numérica al otro como si éste fuese efectivamente un objeto, sin reconocerlo ni interpelarlo como persona humana que es, lo estamos reduciendo a cosa,  lo estamos cosificando, lo estamos discriminando. Esto significa que con la excusa de emitir juicios objetivos sobre una situación no nos implicamos empáticamente con el otro en su vulnerabilidad y terminamos por despojarlo de sus derechos inalienables a ser tratado como persona digna, humana, que requiere, merece y exige ser reconocida e interpelada como tal, con cercanía humana en condiciones de respeto y paridad.

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En la distancia fomentamos las injusticias sociales

De modo tal que cuando nos distanciamos del mundo y de los otros y no pensamos, sentimos ni actuamos con una reflexión encarnada que se implique y reconozca en el otro a un igual fomentamos las injusticias sociales, las exclusiones y arbitrariedades que padecen las personas, las víctimas, los vulnerables excluidos de nuestra sociedad. Esto es así porque estamos distanciados en humanidad, alejados de ellos, porque son objetos y no sujetos de atención, no nos interpelan ni nos sentimos llamados por los mismos y, por lo tanto, no nos ponemos en su lugar para auxiliarlos y ayudarlos a superar los momentos de dificultad en los cuales se encuentran.

Excluidos como personas en su humanidad, los recluimos en su exclusión, les damos la espalda y los tratamos como objetos a cuantificar, como números para cuadrar cuentas encontrando siempre razones superiores para no escucharlos ni reconocernos en ellos, en la medida en la cual, la distancia sujeto-objeto nos separa y, por lo tanto, no nos sentimos llamados a auxiliarlos, a empoderarlos e incluirlos dignamente en sociedad. Carecemos, entonces, en esta relación de sujeto-objeto de todas las virtudes humanas que construyen humanidad  entre nosotros, virtudes y afectos como el amor, la sensibilidad, la compasión, la ternura y la solidaridad que nos llevan a acortar las distancias entre nosotros y a eliminar todas aquellas situaciones que nos desigualan y que contribuyen a edificar un mundo plagado de injusticias sociales.

Cosificación del prójimo

Sostengo, entonces, que cosificamos al prójimo y a nosotros mismos cuando levantamos nuestra relación con el otro desde una distancia entre un sujeto absoluto poseedor de la verdad y un otro objeto pasivo. De modo tal que, disecamos con mucha facilidad las vivencias y los dolores del otro y no conversamos con él ni lo interpelamos, en un uso perverso de nuestra racionalidad y de nuestras emociones. Sucede esto porque no nos sentimos involucrados ni llamados a comprender humanamente nuestra relación, a comprender al otro como un igual, como persona, puesto que desde el comienzo la distancia sujeto-objeto es lo que determina la relación. Distancia que nos separa y que nos impide la experiencia compartida de la comunicación y la escucha mutua, distancia que somete, domina, oprime y subyuga al otro en su libertad de expresarse como sujeto de derechos que es.

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Experiencia de la reflexión encarnada

Somos la experiencia de la reflexión encarnada cuando la voluntad de escucha cercana se gesta porque superamos esa distancia que nos hemos impuesto injustamente entre nosotros, a saber, la distancia de sujeto y objeto. Somos la experiencia de la reflexión encarnada cuando acortamos las distancias entre nosotros y nos humanizamos puesto que no podemos bajo ninguna circunstancia promover ni tratar al otro como un objeto, deshumanizándolo.

Nuestro punto de partida ha de ser siempre reconocer al otro como un igual, ponernos en su lugar, inclusive, afectivamente y defender sus derechos en libertad.  Así que cuando acortamos las distancias entre nosotros, tanto el mundo como el prójimo nos configuran y forman parte de nosotros, de modo tal que, buscamos comprenderlo con cercanía, ternura y comprensión, fomentando la confianza y honestidad en la relación y así lo auxiliamos y acompañamos cuando éste se encuentre en situación de vulnerabilidad.

Me parece que con la reflexión encarnada que les estoy ofreciendo el otro nos integra auténticamente porque conversa con nosotros de igual a igual, en un ir venir de una orilla a otra, itinerando, porque lo sentimos en su dicha y con su dolor al ponernos en su lugar y su voz nos interpela, nos acompaña cercanamente y nos hace crecer como personas en libertad.

Seguiremos reflexionando en este orden de ideas.

Chaplin y El gran dictador

El gran dictador es una película escrita, dirigida y protagonizada por Charles Chaplin en 1940. Los dejo con el discurso final y con la crítica que Chaplin realiza cuando lo que nos guía no es la reflexión encarnada que implica comprensión racional y crecimiento en humanidad,  sino, más bien, los intereses particulares y mezquinos que pervierten las relaciones humanas.

https://www.facebook.com/ElSalmonMX/videos/1057712744267169/?t=5

Muchas gracias por su gentil lectura y hasta la próxima entrega.

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