Acompañamiento emocional en la infancia y la adolescencia. Escucharnos para poder acompañar

Con este título acogemos la importancia que el trabajo con las emociones tiene en la infancia y adolescencia y, por supuesto, en los propios educadores. La gestión de lo emocional es parte de nuestra propia labor educativa. Y es la base que sustenta, un sano encuentro con la infancia y juventud vulnerable que evite todo riesgo de abuso y explotación.

Queremos aportar algunas claves para tener en cuenta en el acompañamiento emocional de los niños, niñas, adolescentes y jóvenes con los que compartimos todos los días un tiempo crucial. Son momentos privilegiados en la construcción de su propia personalidad y capacidad de relación con otros. Porque en el fondo cuidar lo emocional, en nuestra intervención profesional, no es otra cosa que cuidar, desde el amor y el respeto, el hacerlas visibles. Conocerlas y reconocerlas. Reaccionar ante el estímulo de ellas. Y por supuesto, todo esto supone saber gestionarlas en los propios menores y sobre todo en nosotros mismos como educadores y adultos.

Una primera clave a tener en cuenta es que nos recuerdan todos los días que su fractura interactúa con nosotros y, que son capaces, a través de su modelo de interacción de despertar en nosotros la semilla de la duda y las inseguridades que todos llevamos dentro. Y que esto puede descompensarnos a nivel de regulación emocional. En este contexto lo que realmente marca la diferencia es una presencia de la persona más allá de toda la parafernalia que montemos para estar con ellos. Mostrarnos como educadores integrados, empáticos y presentes es realmente lo que genera experiencias de sintonía que reparan y sanan. Experiencias que posibilitan, que dan seguridad y les permiten explorar el mundo de una manera diferente. Los educadores que son disponibles, coherentes, sensibles y que desde el afecto van situando en su justo nivel de importancia los límites.

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Otra clave es la interpretación que hacemos de sus conductas que, no con escasa frecuencia, culpabilizamos. Son acciones muchas veces disruptivas, en otras les falta cualquier tipo de control, en otros momentos están marcadas por agresividad o por una gran dispersión. Pero, estas interpretaciones que les culpabilizan, en realidad estan hablando de una incapacidad del educador para generar un contexto que les contenga o que permita a estos menores tener experiencias continuadas de regulación en situaciones de crisis. Ciertamente sabemos que muchas veces acaba en una explosión del propio educador y con ella la del propio menor. Muchas veces se produce en cualquier esquina o pasillo con evidentes consecuencias dañinas.

Otro elemento es el papel que juegan los equipos de educadores con su propia vida emocional, que tienen que cuidar y pasar de conocerla a trabajarla. Muchas veces falta tiempo para hacer las cosas con calma y sosiego, para dar calidad a la propia intervención y al tiempo que necesita lo propio emocional. Supone una revisión de prioridades del equipo y de cada miembro. Un tiempo de calidad para entender mejor sus comportamientos y sus actitudes, porque este comportamiento que con frecuencia culpabilizamos viene desde las emociones.

Por eso tenemos que plantearnos siempre una pregunta, por qué nos afectan tanto ciertos comportamientos y nos desregulan. ¿Qué experiencias hemos tenido a lo largo de la vida para que nos resuenen tanto? Y por otro lado, ¿cómo podemos integrarnos para no dejarnos secuestrar emocionalmente y reaccionar sin pensar? Necesitamos un trabajo personal y consciente que ponga el foco en nuestra coherencia y la capacidad para responder y no reaccionar.

En el fondo se orienta a una escucha que valida sus emociones, que cuida la mirada y el tono de voz, respetando sus tiempos, con una actitud que no pone condiciones y que les permite equivocarse. Y que busca su propia autonomía emocional. Y nosotros educadores cuidamos nuestros juicios previos, respetamos su intimidad y además reflexionamos adecuadamente sobre la oportunidad de premios y castigos.

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Es una aportación al debate público que ha salido a la luz a propósito de determinadas denuncias de explotación vividas en contestos de ayuda humanitaria. El trabajo con menores no solo pretende cuidar sus derechos legales y establecer procedimientos y protocolos internos que tomen medidas una vez ocasionadas determinadas prácticas y situaciones de explotación. Va más allá. Cuida una prevención eficaz en el equilibrio emocional de los educadores, construyendo una visión que ve al menor, no como un sujeto de nuestra ayuda, sino que lo encuadra en un marco de equilibrio emocional en el que se incluyen al educador y al menor. Porque sus rupturas, preguntan a las nuestras, sus fortalezas, iluminan las nuestras. En este encuentro, se sanan las desigualdades evidentes.

 

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