Aceras de contrastes

ventilleros

Vivo en un barrio en Madrid que es lo más cercano a vivir en la República Dominicana, para muchos un barrio ruidoso, para otros peligroso, y la verdad es que yo vivo feliz y tranquila, aunque no impasible ante lo que me rodea.

Mi barrio es de esos en los que, a poco observadora que seas, en los últimos años has podido ir viendo cómo la crisis se reflejaba en un bajar de “categoría”. Donde antes había tiendas caras, ahora hay tiendas de comida rápida o casas de juego. Donde antes había tiendas de ropa más o menos asequible, ahora esa misma cadena de ropa ha instalado su versión barata, y todo así… y el rostro de muchos de mis vecinos y vecinas ha ido envejeciendo a marchas forzadas.

Durante un tiempo, me pregunté por qué aparecía ropa y comida casi todas las mañanas por las aceras, tardé en caerme de bruces contra la cruda realidad. Por las noches, algunos vecinos y vecinas buscan comida y ropa en los basureros de nuestros soportales. Y para hacer contraste a esta gris imagen, la música y la niñez jugando en la calle dan luz y alegría a esta bajada de “categoría”.

Di por hecho que sólo la existencia de un buen transporte público bastaba para la movilidad entre los barrios, y ahora, poco a poco viajando en las aceras de los contraste me doy cuenta de que no.

Este es uno de los precios que vamos a pagar por la desigualdad, esa que algunos niegan. Yo al escucharlo me dije: “Esta gente pisa pocos barrios como el mío”. Porque el suelo que pisas cada mañana marca en buena parte tu forma de mirar la vida.

Si cada vez dialogamos menos con las personas más diferentes a nosotros porque cada vez nos las cruzamos menos en todos los espacios públicos y privados compartidos, si cada vez construimos más bloques de edificios amurallados y privados donde las puertas a la calle ya no dan a las aceras, si cada vez desechamos más lo que nos diferencia, entonces como dice el  filósofo americano Michael Sandel, “si la gente vive en esferas cada vez más separadas, el sentido de ciudadanía y del bien común resulta más difícil de sostener”.

Esta frase y reflexión la encontré en un artículo de una profesora de ESADE, Sira Abenoza, que promueve desde la universidad espacios de encuentro y de diálogo entre presos y estudiantes de derecho.

Cuando el transporte público no basta, hay que potenciar y buscar esos espacios de diálogo, porque el presente y el futuro son la inteligencia colectiva y liderazgos colaborativos, cada vez más estudios apuntan a esto como la solución de los problemas en un mundo cada vez más interconectado y globalizado. Kofi Annan, ex secretario general de las Naciones Unidas apuntaba a que el problema de muchas de las crisis de nuestro mundo actual es la “falta de voluntad política y una falta de liderazgo. Intereses a corto plazo, egoístas, estrechos de miras, han eclipsado la comprensión de cuán interdependientes son nuestros destinos en un mundo verdaderamente global”.

Cada vez más interdependientes y cada vez sociedades más diversas. Conscientes de esto, el nuevo primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, ha conformado un gabinete multicultural, reflejo del propio país, y con un 50% de mujeres, y probablemente con esta diversidad y el diálogo que se genere entre ella podrán tener más posibilidades de acertar en sus políticas.

Cuanto antes nos demos cuenta de que no se puede construir un país desde la negación de la desigualdad y la diversidad que ya está en nuestras calles y aceras, antes tendremos posibilidades de recuperar de la papelera la noción de bien común y ciudadanía.

Foto: ventilleros

2 Comentarios

  1. Tetuán deja huella!!
    Me gusta mucho el trabajo de Tonucci con respecto a la ciudad de los niños.
    Su propuesta de hacer una ciudad y unos barrios pensando en ellos más que en los adultos, los negocios o los coches.
    También es interesante, como contraejemplo, la nueva moda de las plazas duras. Esas plazas que parece que hemos ganado para la ciudadanía (como ejemplo es la plaza de Callao o la Plaza de la Luna en Madrid) donde los espacios públicos se destinan la mayor parte del año a actividades privadas, como espacios de venta. Se eliminan espacio de descanso y compartir, como bancos.
    Somos tratados como consumidores, los que diseñan las ciudades se ponen las gafas de contar dinero y dejamos de ser personas, sino cantidades de dinero en movimiento y así nos quieren, en movimiento para que siempre estemos en disposición de comprar.
    Como con esas gafas de mirar, los que vivimos en barrios como el que explicas dan menos resultado, preferimos no cuidar los espacios para nosotros.

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