Por Erin Green. Coordinadora de comunicación de la Conferencia de las Iglesias Europeas (Bruselas).

El Jubileo Extraordinario de la Misericordia se acerca ya a su conclusión, con la fiesta de Cristo Rey, el 20 de noviembre. Este momento es una magnífica ocasión para reflexionar acerca de cómo este periodo católico de oración interpela a todos los cristianos, especialmente a los que están comprometidos en promover la unidad entre las iglesias del mundo. Este Jubileo nos ayuda a reflexionar de nuevo sobre el pecado y la gracia, el perdón y la misericordia en un mundo que a menudo resulta ser confuso, desfondado y lleno de destrucción. Mientras meditábamos sobre la misericordia perfecta de Dios, también estábamos rodeados de un dolor y una violencia extraordinarios. Muchas de nosotras en Europa, nos hemos sentido golpeadas por el continuado conflicto en Siria. Cada día han seguido llegando nuevas historias e imágenes de muerte. Cientos de personas han muerto mientras huían de una guerra intratable. En medio de todo esto, es difícil ver la irrupción de la misericordia en este mundo roto.

Ya hemos conocido tiempos difíciles en otras ocasiones. Hace unas pocas generaciones, el continente estaba en ruinas por un masivo conflicto global marcado por los campos de concentración y las bombas atómicas. Millones de personas murieron. De estos escombros surgió la Guerra Fría, que solo sirvió para solidificar la división e incrementar el miedo y el odio. De estas brasas, sin embargo, surgieron las primeras concreciones de la Conferencia de las Iglesias Europeas. Un pequeño grupo de líderes eclesiales buscó reconstruir la solidaridad y  la fraternidad atravesando la división Este-Oeste. En este panorama fragmentado política, económica y socialmente, vieron la promesa de un nuevo modo de ser iglesia, un nuevo modo de hacer presente la misericordia en el mundo.

Hoy continuamos sembrando esas semillas de perdón, construcción de la paz y compañerismo. Hoy, 115 iglesias de toda Europa se reúnen para la siega. Juntos, con muchos otros socios y compañeros, trabajamos para renovar la vida espiritual de las iglesias en Europa, para dar testimonio y servir, para promover la unidad de la Iglesia y la paz en el mundo. En esta expansiva tarea ecuménica, constantemente volvemos al sentido de la misericordia.

El fundamento de toda relación (con cada cual y con lo divino) es la misericordia de Dios, perfecta y sin fin. Esto es un elemento integral de la relación de Dios con la humanidad y, por tanto, es esencial en el modo en que nos relacionamos unos con otros. Pensar y actuar misericordiosamente es algo que se requiere de nosotros. Esta es la fuente del trabajo sanador y reconciliador que necesitamos en nuestro mundo. Cuando acogemos a un refugiado, luchamos por la paz, protegemos la Tierra y damos de comer al hambriento, vivimos la llamada de Dios a la misericordia. Las personas y las iglesias reconciliadas unas con otras fortalecen este trabajo. Juntos podemos realizar más amor, compasión y perdón en este mundo que si lo hacemos por separado. Lo más maravilloso de este proceso es que es exponencial. Cuando creamos espacio para que crezcan estas virtudes, vemos aún más oportunidades para vivir misericordiosamente. La juventud y los jóvenes juegan un papel central en este proceso. A menudo son como faros que tumban prejuicios y muestran a los demás cuán interdependientes somos todos. Para que crezca el espíritu de unidad, debemos dejar que ellos sean agentes de misericordia.

El trabajo del ecumenismo, a  menudo, no es demasiado glamuroso, ni siquiera llama la atención. Requiere hablar mucho. Incluso más, escuchar. Pide paciencia y corazones abiertos. A través de la Conferencia de las Iglesias Europeas, las iglesias se juntan de muchos modos para asumir este trabajo, importante y lleno de fe. A través del diálogo y de la acción, las iglesias responder al dolor y a las heridas del mundo. Así es como vivimos la misericordia. Cuando conocemos más unos de otros, tenemos un diálogo más rico, una cooperación reforzada y una mayor compasión por las otras tradiciones, religiones y visiones del mundo.

Cuando actuamos y pensamos ecuménicamente, somos testigos de la esperanza que Dios nos regala para la redención de todas las gentes y de toda la creación. Por nosotros mismos, incluso en nuestras comunidades y sociedades, no podemos ver el Reino de Dios al completo. A través de la misericordia de orar y actuar juntos, logramos ver una imagen más amplia. Juntos nos ayudamos a ver dónde actúan el amor, la compasión y el perdón, por todos lados. Juntos nos enriquecemos de los diversos dones de nuestras variadas tradiciones. Juntos nos alimentamos de las riquezas espirituales de nuestros hermanos y hermanas en Cristo.

Hace unas pocas semanas, en un encuentro interreligioso global en Asís, el Arzobispo de Canterbury Justin Welby dijo que la misericordia es “el motor de la reconciliación”. ¡Qué metáfora tan maravillosamente rica! La misericordia es lo que convierte el amor de Dios en acciones significativas. Sobre todo, es lo que nos mueve hacia un trabajo inacabado a favor de la justicia, la liberación y la construcción del Reino de Dios.


Foto: oración ecuménica en la Iglesia Ortodoxa Antioquena de San Nicolás. Melbourne (Australia). Tomada de http://aina.org/news/20130716133116.htm