Abrir un camino ante la montaña

Hay historias que tienen el poder de inspirarnos ante desafíos que parecen imposibles. Es el caso de la historia de Sasi, un hombre discapacitado que abrió él solo un camino para que todo un pueblo pudiera atravesar una montaña. Donde todos veían un muro, él imaginó un camino.

  1. La historia

Melethuveettil Sasi comenzó trabajando a los 15 años como recolector de cocos en lo alto de las palmeras y así logró al cabo de los años adquirir una pequeña cabaña con huerta en Vilappilsala (región de Kerala, Suroeste de india), un recóndito pueblo separado de las rutas ordinarias por un monte. Para ir a trabajar tenía que salvar dicho monte cada día.

Sasi continuó su trabajo informal de recolector de cocos hasta que en 2000 sufrió un fatal accidente laboral. No sabe bien cómo pero sus pies le fallaron, resbaló y cayó desde lo alto de un cocotero. Brazos y piernas se rompieron y la mitad de su cuerpo quedó paralizada. Durante muchos meses permaneció encamado sin poder moverse.

Sin empleo y sin subsidios públicos pese a ser una accidente laboral, sus dos hijos tuvieron que abandonar la escuela y buscar empleo para sostener a la familia. Sin ayuda, Sasi se empeñó en rehabilitarse y volver a caminar, lo cual le llevó varios años. La familia tuvo que hacer grandes esfuerzos para poder adquirir los medicamentos que necesitaba.

En cuanto pudo dar algunos pasos, Sasi buscó un nuevo modo de ganarse la vida. Le ofrecieron vender lotería en una ciudad próxima y pensó que sería capaz de recorrer esa distancia si tuviese una motocicleta adaptada de tres ruedas. Buscó la ayuda del gobierno local pero los función arios se rieron de él ya que incluso teniendo esa motocicleta, no podría conducirla a través del monte. Sasi solicitó que se abriera una nueva senda en el monte pero tras sucesivas peticiones, decidió tomar la iniciativa.

A comienzos de 2013 adquirió un pico y una pala y decidió ponerse a cavar ese nuevo camino por sus propias manos. “Nunca pensé sobre cuándo lograría finalizar el trabajo pero estaba determinado a abrirme un camino. Cada día comenzaba mi trabajo a las cinco de la mañana, paraba a las 8:30 cuando el calor comenzaba a apretar y retomaba la obra a las 3:30 o 4 de la tarde para trabajar hasta el ocaso”. En total dedicaba aproximadamente seis horas diarias. La discapacidad física de Sasi hacía muy difícil poder realizar el trabajo de picar y cavar. “Al comienzo me herí muchas veces. No podía mantener bien el equilibrio cuando picaba y me caía con frecuencia. Pero con el tiempo aprendí a manejarme tal como estaba mi cuerpo”.

Los vecinos no daban crédito al empeño de Sasi y aunque al comienzo le desanimaron, conforme fue persistiendo, empezaron a darle apoyo. Tres años después de duras jornadas de trabajo, Sasi había casi logrado su empresa cuando a pocos metros del final se encontró ante un tendido eléctrico que su camino no podía atravesar. Sus solicitudes al gobierno para que lo instalara de otro modo, fueron ignoradas. Pero el ejemplo de Sasi arrastró el entusiasmo de sus vecinos. Decidieron movilizarse e iniciaron una campaña popular para obligar a cambiar el poste eléctrico que impedía terminar el camino.

La movilización alcanzó las redes sociales y se extendió dando a conocer la heroica obra de Sasi. No solamente obligó al gobierno a modificar el tendido eléctrico sino que por suscripción popular se reunió suficiente dinero para proporcionarle a Sasi su soñada motocicleta. En 2016 Sasi pudo finalmente terminar su trabajo y el pueblo inauguró el camino de 200 metros que logró cavar en tres años a pesar de su hemiplejia. Sasi abrió un camino para todos y pudo desplazarse con su motocicleta para volver a trabajar. A comienzos de 2017, su historia trascendió y fue publicada como una historia inspiradora en medios nacionales e internacionales.

2. Una reflexión sobre Sasi

Los más pobres nos dan cada día una lección de vida sobre la resiliencia. Sasi quedó sin empleo, discapacitado, sin ayudas y encima entre él y el único trabajo se interponía una montaña. Si queremos inspiración no busquemos héroes, simplemente miremos cómo los pobres sobreviven cada día.

Si los altos profesionales estresados necesitan coaching, que dejen de pagar a granes gurús. Simplemente les hace falta tener el oído afinado para escuchar las miles de historias que diariamente llevan a que las familias más pobres logren llevar comida a su hogar una y otra vez, a través de las más infranqueables dificultades.

Cada uno tenemos nuestras montañas diarias. Algunas son sueños que nos gustaría alcanzar pero que para cumplirlos se alza entre ellos y nosotros una enorme masa de ocupaciones, miedos o esfuerzos. A veces son montañas que hay que atravesar cada día: depresión, un entorno hostil, problemas familiares, un empleo indeseado o el sin sentido. Cada día tenemos que cruzar esa montaña y regresar por la misma senda.

Quizás no hay que tratar de mover esas montañas –arrancarlas de raíz- sino comenzar abriendo una senda, un pequeño camino transitable. ¿Por dónde se hace caminable este problemón? ¿Por qué sendero estrecho puedo convivir con él y atravesarlo cada día? Puede que haya aspectos de tu carácter que no te gusten. Has luchado contra ellos durante años. Es posible que nunca logres liberarte de ellos: pero abre un sendero para poder cruzarlos cada día en paz.

Es posible que convivas con alguien al que cada día se te hace más cuesta arriba soportar. Por mucha buena voluntad que le pones, está atragantado. Negarlo es voluntarismo. Ignorarlo no te deja tranquilo. Sentirte culpable solo te empequeñece más. El dilema no es todo o nada: retiro la montaña o me quedo paralizado. Abre un sendero por el que cada día puedas pasar.

Como Sasi, también nosotros muchas veces nos sentimos incapacitados para afrontar esas montañas: estamos quemados, hemos sufrido, nos vemos sin fuerzas. Supongo que Sasi sentía lo mismo. Incluso vergüenza al salir cada día de su casa ante la mirada de sus vecinos. Pero incluso el día que solo era capaz de quitar unos centímetros de tierra, avanzaba. Quizás solo somos capaces de quitar una pequeña piedra para abrir el camino, pero avanzamos.

Y ante nosotros también se levantan montañas sociales, grandes problemas de la sociedad o grandes proyectos en los que nos gustaría abrir un camino para cruzar al otro lado. Es fácil sentir la tentación de Moisés: soy demasiado nadie, no sé hablar, estoy solo, no es posible conseguirlo… Sasi estaba solo, no le escuchaban, nadie de ayudaba, parecía imposible; Sasi era demasiado nadie… Pero tuvo el coraje de arrastrarse cada día a la montaña y comenzar a romper las rocas.

Creo que lo más importante de la historia de Sasi es que imaginó un camino. Donde todos veían un muro él imaginó un camino. Esa visión le llevó no a inventar un camino sino a liberar el camino que ya estaba potencialmente dentro de la montaña. A veces no se trata de luchar contra la montaña sino de liberar el camino que tiene escondido dentro de sí.

Sasi nos hace pensar mucho. Por ejemplo, su entrega de tiempo. Viendo lo que Sasi hacía un solo día, era absurdo. Solamente la esperanza era capaz de dar sentido a su duro afán diario. A los proyectos entregamos inteligencia, entusiasmo, saber, confianza, dinero… pero lo más valioso que entregamos es tiempo, que es pura vida 100%. Sasi entregó tiempo, mucho tiempo, todo su tiempo. El tiempo es nuestra forma de relacionarnos con la eternidad. Él no solo quería pasar con su motocicleta: quería darle un camino a todo su pueblo.

Sorprende también la libertad de Sasi. Las burlas y críticas de sus vecinos no le pararon. Algunos pensarían que era idiota, que la caída del cocotero le había afectado al cerebro. Otros creerían que enfrentarse a tal proyecto imposible era un acto de soberbia y que incluso era un reproche a todos los que no hacían nada. Habría quien dijera más le valía resignarse a su situación, aceptar en qué se había convertido. Quizás alguno le viera, sintiera compasión, ganas de ayudarle pero no se atrevía a que le criticaran con a él.

El pueblo de Sasi no se encontraba por las calles, se habían dejado vencer antes siquiera de comenzar a luchar y cavar. Había un único lugar en donde el pueblo podría volver a encontrarse otra vez: en medio del camino que Sasi iba a abrir. Su ejemplo acabó arrastrando la fe y esperanza de la gente, pero sobre todo fue la compasión por Sasi y el reconocimiento a su esfuerzo lo que les hizo unirse a él para quitar aquel último obstáculo.

Pidamos la sabiduría de Sasi; pidamos el don de saber abrir caminos en las montañas. No se trata de mover la montaña ni arrasarla sino de simplemente imaginar un sendero estrecho por el que pasarla una y otra vez.

Referencias:

 (Foto: Sreekesh Raveendran Nair, The News Minute)

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