Xavier Pifarré.

Un verbo que se repite hasta la saciedad en la Laudato Si del papa Francisco es “contemplar”. Capacidad de contemplación, en este caso, de la Creación, como regalo infinito que Dios pone en nuestras manos. Mirar, escuchar, oler, tocar, gustar…… Todos nuestros sentidos absorbiendo el don de la naturaleza, de sus criaturas, de sus paisajes…… Una contemplación que nos acaba enamorando, que nos admira, que nos fascina.

Más allá del gozo que esto produce en nosotros/as, para Francisco representa un paso esencial en la conversión hacia estilos de vida más sencillos y respetuosos con la Creación. Algo así como que “es más fácil respetar y cuidar aquello que se conoce, se valora y se admira”. Estos nuevos estilos de vida que nos propone la encíclica pasan por cambios de hábitos en aspectos muy variados de nuestras vidas, como la alimentación, el consumo, el gasto energético o la movilidad. Un principio general que rige todos estos cambios es la reducción de necesidades y del consumo en general.

Seguramente hemos oído hablar de la huella ecológica como el “rastro” que nuestra vida deja en nuestra Casa Común, la Tierra. Ella es, con el Sol, la fuente última de nuestro sustento. Si medimos la superficie de planeta necesaria para mantener (de forma sostenible y renovable) nuestro actual estilo de vida, habremos calculado nuestra huella ecológica. Y en nuestro Primer Mundo (Mundo Civilizado, Mundo Desarrollado, Mundo Deseado por tantos y tantas……) nuestra huella es tan grande que, de extenderla a todos nuestros hermanos/as, habitantes de la Tierra, harían necesarios tres planetas como el nuestro para evitar el agotamiento de los recursos y el colapso final. En otras palabras, nuestro actual ritmo de consumo y de generación de residuos no es sostenible. Por lo tanto, una vida sencilla, sin necesidades superfluas, evitará daños innecesarios a la Creación, reduciendo la explotación de sus recursos, disminuyendo los residuos y evitando emisiones de esos gases “invernadero” que tanto nos preocupan…

Volviendo al plano personal, basta una mirada rápida a nuestra cocina, a nuestro comedor, a nuestro garaje….. para descubrir decenas de aparatos mecánicos e instrumentos tecnológicos, cada vez más complejos, cuya finalidad, nos dicen en los anuncios, es mejorar nuestra calidad de vida y “ganar tiempo para nosotros/as mismos/as”. ¿De veras disfrutamos mejor de nuestro tiempo ahora de lo que lo hacían nuestros abuelos, en sus pueblos, en los años 50, 60 ó 70? Personalmente, intuyo que algunos de estos bienes de consumo, que vienen a cubrir necesidades de nuestro día a día, acaban generándonos nuevas obligaciones y exigencias que al final consumen, con creces, ese tiempo que supuestamente venían a ahorrarnos.

Reducir es, por lo tanto, un camino para recuperar espacios y tiempos perdidos en nuestras vidas; espacios para leer, para dialogar, para rezar, para contemplar… La vida sencilla, con poco equipaje, es más relajada, menos estresante. Una de sus ventajas es que nos facilita el acercamiento a la naturaleza, a sus paisajes y a sus criaturas. Nos proporciona capacidad de contemplación, de admiración.

De este modo cerramos el círculo Contemplación-Vida Sencilla-Contemplación. La primera nos tiene que motivar a experimentar la segunda; la segunda nos facilitará recuperar la primera. Podemos entrar en el círculo por donde nos resulte más sencillo; incluso podemos hacerlo por dos sitios a la vez. Verano es un buen momento para abordarlo. ¿Te animas?

 

Imagen tomada de http://delavidaylafe.com/que-es-la-contemplacion/