8 de marzo: por una gestión de la crisis con perspectiva de género

Hace unos días acompañé a Afroza, una amiga bangladeshí, al médico. En su país era una pequeña empresaria que había organizado una cooperativa de ahorro con las mujeres de su barrio. Para salvar la vida tuvo que abandonar Bangladesh, dejar a su familia y buscar asilo político en Europa, cosa que le fue negada sistemáticamente, hasta que finalmente en España, consiguió la residencia por circunstancias excepcionales por arraigo, con un contrato de empleo doméstico. Afroza, como muchas otras mujeres en el mundo, celebraba el 8 de Marzo clandestinamente en su país. Por eso, tomar la calle este día, ahora en Madrid, formando parte de la marea violeta, es para ella una fiesta de libertad y un antídoto contra la amnesia sobre lo costosas que son siempre las luchas de las mujeres en todos los países del mudo. Ese día se pone sus mejores galas, toma el megáfono y marca un ritmo que coreamos entre todas “porque sin nosotras no se mueve el mundo”.

En nuestra espera en la consulta en el Centro de salud se preguntaba por las causas de la crisis en España y su impacto en la vida de las mujeres. En un español que se resiste a la conjugación de los verbos, decía asombrada: ”yo no entender, antes mucho dinero, bancos tratar bien, querer prestar, decir: comprar, comprar. Bancos dejar mucho dinero a mis paisanas… Yo decir siempre: No fiar bancos, siempre ganar y nosotras perder. Y ahora no dinero para salud, no dinero para comedor, no dinero para guardería; gente trabajar y no pagar… ¿quien  se ha llevado el dinero? ¿Aquí también las mujeres peor pasar como en mi país?.. Hija de mi jefa ahora también migrar. Ella  triste, abuela triste, madre triste, novio triste… yo también triste. Madre  Madre dice que su hija trabajar en universidad y aquí no pagar, no dinero, no futuro, Ella migrar por futuro”.

Salvando las distancias entre Afroza y la hija de su jefa, la cuestión es que las mujeres estamos sufriendo de forma particularmente severa los efectos, tanto de la crisis como de su forma de gestionarla, y en ello influyen factores que es urgente afrontar. El primero, tiene que ver con la división sexual del trabajo, porque la devaluación y la invisibilización de los cuidados hace que la situación de partida de las mujeres en el acceso al mercado laboral sea en condiciones de mayor vulnerabilidad y discriminación salarial. Por otro lado, la política de recortes que se ha llevado a cabo (dependencia, desmantelamiento de las políticas de igualdad, etc) dificulta, aún más, la conciliación de la vida laboral y la vida familiar y hace que la mano de obra femenina e invisible sea la que pase a sustituir el recorte del gasto público en el ámbito de los cuidados.

Sin embargo, estas cosas que Afroza y yo entendemos tan bien cuando compartimos nuestras dificultades para sacar adelante la vida, apenas se recogen en los análisis económicos, que mayoritariamente siguen siendo generalistas y se resisten a incorporar la categoría de género u otras perspectivas feministas. Por eso, una vez más, en la actual búsqueda de alternativas a la crisis, lo femenino corre el riesgo de disolverse en lo social y la pobreza de las mujeres seguir siendo invisible o ser considerada un sacrificio necesario.

Sin embargo, lo que sucede en realidad es que se aprisiona la verdad con la injusticia (Rom 1,18), o dicho de otro modo, la injusticia deforma, enmascara la realidad para legitimarse. Así, el patriarcado, la dictadura de los mercados y su lógica excluyente niegan la realidad de las mujeres para poder mantener situaciones de privilegio del poder masculino y capitalista. Pero también cada vez somos más las personas que estamos convencidas que ningún análisis crítico ni comprometido en la búsqueda de alternativas a la pobreza lo será realmente si ignora la realidad de las mujeres y su aportación a la vida, como seres en sí mismas y no desde roles auxiliares o de complementariedad. No hacerlo es reproducir el error en el que han caído la mayoría de las revoluciones, desde la francesa que guillotinó a Olimpia de Gounges, por reclamar los derechos de la ciudadana, a las revoluciones centroamericanas de los 80, algunas de cuyas mejores lideresas -paradojas de la historia y del mercado- están hoy entre nosotras como protagonistas de la cadenas globales de cuidados, o mucho más actualmente, el nuevo gobierno de Syriza, alternativo en muchos temas, pero no en la cuestión de género.

La cuestión de las mujeres es la piedra de toque de todo cambio social que pretenda serlo en profundidad y su escenario no puede ser sólo el escenario público, sino también el privado, porque las mujeres sabemos que lo personal es político y negarlo es avanzar hacia el fracaso, como María López Vigil denunció hace años:

En todos los esfuerzos revolucionarios las mujeres se hicieron más cargo del espacio público que los hombres del espacio privado. Las mujeres se apropiaron con más entusiasmo de sus deberes con la sociedad que con sus derechos plenos y así el terreno que quedó más intocado fue el de lo privado. La lucha por la justicia y por la dignidad que vanguardizaron los hombres apenas penetró por las puertas de los hogares, donde siguió reinando la violencia machista y el abuso sexual, que es siempre abuso de poder. Mientras en las calles y en las montañas los revolucionarios combatían las dictaduras, en sus casas imperaban el patriarcado. Estamos en deudas con millones de mujeres marginadas por el machismo de nuestros revolucionarios”[1].

Por todo esto, Afroza y miles de mujeres salimos el 8 de marzo a la calle con el deseo de habitar juntas “la casa de la diferencias”[2] en nuestros sueños y luchas feministas, reconociéndonos como compañeras y cómplices en nuestras propuestas y estrategias de resistencia y exigiendo juntas, no un trozo mayor de la tarta, sino otra receta, es decir, otro sistema posible más allá del capitalismo patriarcal, blanco y occidental.

En este 8 de Marzo frente a la impotencia inducida del esto es lo que hay, las mujeres queremos recordarnos que quizás hoy, una de nuestras mayores urgencias, sigue siendo reivindicarnos a nosotras mismas como creadoras del mundo y avivarnos la  memoria de que en todas las culturas, cuando las mujeres hemos necesitado algo que no estaba a nuestro alcance hemos tenido que apropiárnoslo o inventarlo y que como grafiteábamos en el 15-M, la revolución, los cambios profundos en la sociedad, en las iglesias y las mezquitas serán feministas o no serán.


 

[1] M. López Vigil, Autocrítica, Boletín de Solidaridad “Maicillo”, Comité de Solidaridad Oscar  Romero, Albacete, 2000.

[2] Audre Lorde utiliza esta expresión para referirse a la imprescindible incorporación de la diversidad en la tercera ola del feminismo. Cf  Zami, una biomitografìa, Horas y horas, Madrid, 2010, 67.

 

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