70 años después del Holocausto

Holocausto

Por Olga Belmonte

Hoy, 27 de enero, celebramos el Día internacional de conmemoración en memoria de las víctimas del holocausto. Tal día como hoy, hace 70 años, se produjo la liberación de las víctimas del campo de exterminio de Auschwitz, el más grande de los construidos durante la Segunda Guerra Mundial. La Asamblea General de las Naciones Unidas decidió que éste fuera el día en que se recordara (de un modo institucional) a las víctimas del holocausto e instó a que los Estados miembros elaborasen programas educativos que permitan conocer y recordar la catástrofe, con el fin de prevenir nuevos genocidios. Durante estos días se celebran exposiciones, conferencias, debates y proyecciones que giran en torno al tema central elegido en esta ocasión: “La libertad, la vida y el legado de los supervivientes del Holocausto”. Éste será también el hilo de nuestra reflexión.

Es inevitable preguntarse de nuevo por qué y cómo fue posible el Holocausto, pero como afirma Lyotard, Auschwitz no solo destruyó vidas, sino que destruyó los instrumentos con los que hasta ese momento el ser humano era capaz de medir y valorar la catástrofe, por lo que nos dejó sin herramientas para evaluarla. Como afirma Simone Weil en La gravedad y la gracia: “la desgracia obliga a reconocer como real aquello que no creemos posible”. Hoy conmemoramos una catástrofe que acabó con todas las formas previas de dar sentido y comprender la realidad en que vivimos: hizo insuficiente cualquier explicación capaz de abordarla y evitarla. Los sistemas previos de pensamiento quedaron desbordados, no por reducción al absurdo, sino por reducción a Auschwitz; es decir, no porque no fueran suficientemente racionales, sino porque siendo racionales, no pudieron evitar la catástrofe (la Shoah).

Las víctimas se enfrentaron a la catástrofe o bien tratando de encontrar un sentido en ella o negándose a la posibilidad de encontrarlo. Muchas de las víctimas reconocieron que buscar sentido en los campos era devastador. Para resistir necesitaban no buscar ningún por qué y no tratar de entender el cómo. Aun así, víctimas como Viktor Frankl o Etty Hillesum lograron sobrevivir tratando de buscar nuevas fuentes de sentido en el corazón del sinsentido. 70 años después de la catástrofe, para aprender algo de ella o a pesar de ella, hay que atender a los relatos de quienes resistieron, de los supervivientes, de ahí la importancia de su legado. Si olvidamos lo que ocurrió, difícilmente pondremos las bases para evitarlo hoy.

La Segunda Guerra Mundial cuestionó la tradicional identificación entre el progreso de la razón y el aumento de las libertades. En ella se cometieron las mayores atrocidades, orquestadas por la razón (no fueron fruto de la pasión ni de la ignorancia). Esto no significa que la razón sea el germen de la barbarie, pero sí nos muestra que solo con razón no podemos prevenirla. La experiencia del Holocausto no puede quedar integrada (y superada) en una explicación de la historia que la justifique y la considere un acontecimiento necesario en el progreso de la humanidad. Jean Améry, superviviente de Auschwitz, reconoce que: “si alguna profundidad o sabiduría o humanitarismo quedaron intactos después de Auschwitz, esto fue así no por haber estado allí, sino a pesar de ello”

Dia

Si el holocausto solo dio de sí sufrimiento y sinsentido ¿qué podemos aprender de él hoy? Si atendemos a los verdugos, Hannah Arendt señala que el holocausto mostró que cualquiera pudo haber colaborado con el régimen. Eichmann fue responsable de un mal atroz, pero su intención fue solo trivialmente mala. El origen del mal puede no ser la maldad como tal, sino la indiferencia, o la búsqueda del bien personal, o el cumplimiento ciego de las leyes de un estado totalitario, desde el que soy incapaz de reconocer el rostro sufriente del otro. El mal ya no es solo obra del criminal, sino de cualquier ciudadano de a pie. El reto no es tratar de comprender cómo los alemanes pudieron hacer lo que hicieron (cometer los crímenes o permitirlos). El reto que se plantea hoy es comprender cómo cualquier ser humano puede ser capaz de cometer una atrocidad, puede ser artífice del mal y cómplice de la barbarie.

Esto nos estremece, pero debemos preguntarnos de qué males estamos siendo cómplices nosotros, no por ser malvados, sino por mantenernos indiferentes, demasiado satisfechos o preocupados únicamente por nuestros intereses, ciegos respecto del dolor de otros. ¿A caso no justificamos hoy acciones criminales de los Estados, porque consideramos que su objetivo es salvarnos del mal que cometen los que consideramos enemigos? No podemos dejar de estar alerta, para no convertirnos en cómplices de la barbarie. Sigue habiendo guerras, genocidios, crímenes; no podemos mantenernos indiferentes sin hacernos de algún modo cómplices.

Campo

El Holocausto introdujo, como afirma E. Fackenheim un nuevo mandamiento: no permitamos la victoria póstuma de Hitler. Es decir: impidamos que la barbarie siga imponiéndose, en cualquiera de sus formas. Para ello es preciso recordar los relatos de las víctimas, admirar su capacidad de resistir ante la catástrofe y conmemorar a quienes murieron en ella. Un acto de resistencia en la catástrofe es una chispa de divinidad, un destello de humanidad, tratemos de reconocer cómo esas tenues luces pueden iluminarnos en el cumplimiento del mandamiento que nos hermana: resistir a la tentación del mal.

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