4.000 años pueden no ser nada

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Esta Semana Santa he tenido el enorme regalo de poder ir a Egipto y retroceder en la historia miles de años y sentir que la vida para muchos no ha cambiado desde entonces, que los problemas sociales siguen siendo parecidos, que siempre han existido buenos y malos políticos y que algunos y algunas somos los herederos favorecidos de la lucidez, lucha, ingenio, humanidad, pasión y fuerza de muchos otros que nos antecedieron. 

De las impresionantes pirámides de Giza, la más pequeña, la de Micerinos (2510 a.C), de “solo” unos 60 metros, cuenta el guía que este faraón, nieto de Keops e hijo de Kefrén, quiso hacerse un templo funerario más pequeño porque era consciente del sufrimiento de su pueblo. Dicen los libros de historia que fue un rey muy querido por su pueblo.

Dando un salto en el tiempo, nos situamos en el año 180 a.C cuando más o menos empezó a construirse el templo de Kom Ombo. Es un templo inusual porque es doble y simétrico y porque esconde algo para mí inaudito, un contrato entre ricos y pobres. Cuando estaban construyendo el templo y sus trabajadores y familias debían estar pasándolo muy mal, pensaron que hacer huelga laboral podía ser una salida. Sabiendo que ellos ya tenían poco que perder, pusieron a los ricos contra la pared, y así firmaron un acuerdo por lo que cada uno se quedaba con la mitad del templo. En la imagen pueden ver el contrato, sin palabras. Eso sí, parece que los sacerdotes del templo, que tenían mucho poder, se encargaron de hacer túneles secretos para ir por la noche y robar todas las ofrendas, si es que esto viene de lejos.

Y así llegamos hasta nuestros días, y si visitas las orillas del Nilo verás que para algunos la vida ha cambiado poco o nada, si fuera Navidad les haría un relato con todas las figuras del belén que vi pasar ante mis ojos, incluido el establo y María y San José.

Navegando por este río de una civilización inaudita, vislumbras también batallas presentes y futuras que bien pueden ser universales. El conflicto del agua con Etiopía, que ha hecho una presa en el Nilo Azul, lo que a Egipto le supone reducir su cauce. Agua y conflicto, dos palabras que empiezan a ir unidas de la mano, junto a las revoluciones necesarias que no siempre salen bien, al menos a corto plazo. Poco queda de la primavera egipcia, pero quien sabe…

Y así, como una turista más del siglo XXI va pasando, no la historia, sino los rostros de millones de personas, que han hecho que los herederos privilegiados podamos cogernos un avión a cualquier lugar, que casi no tengamos problemas para entrar y salir, que disfrutemos del arte y los monumentos, que hagamos fotos de escenas de la vida cotidiana para nosotros exóticas y que yo, siendo mujer, pueda decidir por mí y hablarle de tú a tú a la historia. Algo que repetían una y otra vez los guías a lo largo de todo el viaje era que la mujer estaba representada de esta forma y no de otra, o que vestían así o asá por respeto, lo que ninguno me contestó fue por respeto a quién, si a Dios, así mismas o al hombre. Creo que todos sabemos la respuesta.

4.000 años pueden no ser suficientes, a veces pueden no ser nada. 

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