14 años de oleaje

Foto de: Marina Spa

Hace ya catorce años y lo recuerdo tan vivamente como si fuera ayer. Aquella era una plácida mañana de verano, desayunaba en casa con mi familia en el balcón frente al mar en un pequeño pueblo de la costa granadina (Torrenueva-Motril), de donde somos.

El mar estaba en calma, desbordaba belleza, luz y alegría. Había algunas sombrillas en la playa, de esas que las personas más madrugadoras ponen a primera hora cuando van a comprar el pan para que no les quiten el sitio en primera fila.

De repente, entre tostadas y carcajadas en familia en aquella deliciosa mañana estival, -como si de un sueño se tratara-, vimos salir del reluciente cuadro que contemplábamos una zodiac negra que se precipitaba hacia la orilla (¡justo enfrente de nuestro balcón!).

La zodiac venía cargada de hombres procedentes de África (unos cuarenta o cincuenta, todos varones y en su mayoría jóvenes) que, con cara de pánico se lanzaron fuera de la barca y salieron a correr en abanico como si de ello dependiera su vida (porque su vida dependía de ello). Cada uno llevaba una bolsa de plástico negra del tamaño de un balón, cerrada con un nudo. Ese era todo su equipaje.

En cuestión de instantes la barca apareció delante nuestra, la gente desembarcó y se dispersó a una velocidad de vértigo. En unos segundos, no quedó ni rastro en la playa de ninguna de esas personas. Subieron a los montes que hay por detrás de los pisos del pueblo y, como si de una rutina se tratara, la Guardia Civil allí los estaba esperando; les fueron deteniendo y metiendo en los coches.

Ese fue su primer encuentro con la Tierra Prometida por la que acababan de arriesgar sus vidas en el mar.

Aquella imagen se me quedó grabada en la retina y en el corazón para siempre. Además durante aquel verano y varios siguientes, recuerdo que en mis largas caminatas por la playa continué viendo más embarcaciones medio enterradas en la arena, ¿qué habría sido de aquellas personas?, ¿dónde habrían encontrado un refugio, una cama, una mano amiga?

Aquel era el verano de 2002, los llamados “años de la gran inmigración”, de la ola migratoria.

14 años después siguen las olas. Y yo ahora me encuentro en Egipto, viendo el mar y sus vaivenes, desde la otra orilla. Viendo ahora cómo embarcan y salen hacia Europa tratando de salvar sus vidas.

Mediterráneo. Costa Norte, Egipto.

Hace unas semanas hablaba con Gimbot, un chico procedente de Eritrea, uno de los mediadores interculturales con quien trabajo en un proyecto con personas refugiadas aquí en El Cairo. Le pregutaba que porqué en estas semanas estaba aumentando tan notablemente el grupo de Eritreos que acompañamos en El Cairo, pues en cuestión de unas semanas había casi el doble de personas…

“Hay una gran llamada”. Esa fue su respuesta inicial. ¿A qué te refieres, Gimbot? -le dije. “Hay una gran llamada porque se acerca el buen tiempo y van a empezar a salir de nuevo hacia Italia y Grecia. Los comunicadores clave de las mafias que organizan los viajes tienen contactos en El Cairo y Alejandría y están corriendo la voz entre la comunidad Eritrea. Por eso, están viniendo estos días, vienen de Sudán o Asuán, esperan en El Cairo y finalmente irán a Alejandría cuando la salida sea inminente; para desde allí zarpar”.

Una semana después de esta conversación, saltó a las noticias el hundimiento de un barco con 400 o 500 personas migrantes que salieron de Alejandría hacia la costa italiana. Habían llegado a El Cairo desde sus lugares de procedencia y días antes del fatal desembarque, se fueron a Alejandría.

¿Conocían los riesgos del viaje? Sí, los conocían. ¿Sabían que las mafias proveen embarcaciones débiles con alto riesgo de quedarse en el intento? Sí, lo sabían. Y, ¿entonces? La situación que viven en sus países de origen y en los propios países de tránsito es insostenible, especialmente para quienes tienen familias. Según Gimbot, algunos hombres solteros deciden quedarse en El Cairo, o en cualquiera de las ciudades de tránsito; con mucha suerte, pueden encontrar un trabajo para sobrevivir ellos mismos; pero cuando se trata de mujeres con hijos y/o familas, tienen que correr el riesgo, pues aquí les es imposible aspirar a ganarse la vida para alimentar a sus hijos e hijas. Lo que viven a este lado de el mar, ya lo conocen y es insostenible. Necesitan probar suerte al otro lado.

Así que el oleaje va a continuar. Ahora, con la llegada del buen tiempo, cuando se calma el rumor de las olas, comienza el rumor humano de tantas vidas en tránsito que comienzan su viaje cargadas de esperanza.

En España, en Egipto, desde una u otra orilla, donde quiera que estemos, podemos hacer un esfuerzo por enteder la historia que tienen detrás esas personas de las que tanto se habla en las noticias como números y a quienes nuestras instituciones europeas cierran sus puertas. Como ciudadanía, tenemos una palabra que decir, alguna puerta que abrirles, un deber de justicia y solidaridad para estas personas. Para que no se nos pasen otros 14 años sin haber aprendido nada, pensando que esto es una crisis puntual y que endureciendo las fronteras se pasará.

2 Comentarios

  1. Así es. Muchas gracias por tu comentario. Tienes razón en que la realidad desborda. Debemos ser creativos en buscar respuestas coordinadas y coherentes como individuos y como sociedad civil de manera organizada. A mí me gustan algunas inciativas que hay en marcha que al menos dan pistas. Comparto esta de “Yo soy Tierra de acogida” (dentro de la Campaña Hospitalidad) por si resuena y aporta algunas ideas: http://www.hospitalidad.es/yo-soy-tierra-de-acogida/

  2. Muchas gracias María Luisa.
    Totalmente de acuerdo contigo.
    Tenemos que hacer algo. No sabe uno muy bien qué, ya que la realidad nos desborda, pero -al menos- que no tengamos que volver a preguntarnos “porqué callamos”.

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